Homenajes

Colón es un puerto del Caribe panameño. Llueve mucho, y el calor, como dice Carlos Fuentes, "es como si te hubieran mandado directamente al infierno". Allí, de manera incongruente, un adolescente saboreaba, domingo a domingo, una columna titulada Aires del mundo, escrita por un señor de nombre Roque Javier Laurenza. El impacto de su prosa, mezcla de burbujas de champaña y bufandas de seda, con su aristocracia europea que ni remotamente veía a mi alrededor, me abrió los ojos a la literatura y me hizo jurarme que, algún día, yo escribiría así. No lo logré, por supuesto, pero años después, al elogiar Roque un texto mío, pensé que había cerrado un círculo.
 
Mi segunda iluminación tuvo que ver con un escritor que también remitía a sabores y sensaciones pero dentro de una geografía completamente distinta, muy tropical, en donde los senos son mangos maduros, jugosos y olorosos y en donde la luna, de tan cerca, enloquece. Se llamaba Rogelio Sinán, le decían el brujo y continúa siendo mi medida de todo lo armónico, todo lo admirable en literatura y vida.
 
Mi tercera revelación fue con una persona que, además de hacer literatura, la vivía a través de su polifacética existencia. Antes de conocerlo, me lo imaginaba gordo, distante. Luego, el tábano existencial que era José de Jesús "Chuchú" Martínez, encarnando el dictado de Jardiel Poncela de que un buen maestro debe parecerse a un mal estudiante, no dejó de sorprenderme nunca con su capacidad para cuestionar, para enajenar incluso si con ello te lograba ser un gramo más libre, más cierto.



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